
El pasado mes de octubre se lanzó la campaña #22Minutes, iniciativa global que busca mostrar un hecho científicamente comprobado: un pez puede agonizar hasta 22 minutos al morir por asfixia fuera del agua.
Por décadas, el sufrimiento de los peces ha permanecido prácticamente invisible. Como sociedad hablamos del maltrato a perros y gatos, y en el mundo animalista solemos centrarnos en vacas, gallinas y cerdos. Pero olvidamos a quienes son, por lejos, las víctimas más numerosas y menos protegidas de todas las industrias animales: los peces.

Por fortuna, la evidencia científica más reciente permite que se creen campañas como #22Minutes, lanzada por Animal Law Focus y la Aquatic Animal Alliance, para dar vida a la más reciente investigación sobre el sufrimiento de los peces, liderada por la Dra. Cynthia Schuck-Paim del Welfare Footprint Project, publicada en 2025 en Scientific Reports (Nature). Esta investigación analiza, por primera vez con precisión cuantitativa, cuánto sufren los peces cuando mueren por asfixia aérea —el método de sacrificio más común en pesca y acuicultura.
Los principales hallazgos:
- Un pez puede experimentar entre 1.9 y 21.7 minutos de dolor intenso al morir fuera del agua.
- En la mayoría de los casos, la agonía se concentra en unos 10 minutos de sufrimiento extremo.
- Traducido a producción, esto significa 24 minutos de dolor por cada kilo de pescado generado.
Para calcular esto, el equipo utilizó el Welfare Footprint Framework, una herramienta científica que permite cuantificar el impacto del sufrimiento animal en unidades comparables, similar al concepto de “huella de carbono”. En este caso, se mide la “huella de sufrimiento”.
Por qué 22 minutos importan — moral y científicamente
La mayoría de animales terrestres destinados al consumo tienen, al menos en teoría, requisitos mínimos de aturdimiento antes del sacrificio. En el caso de los peces, esto casi nunca ocurre. La industria los:
- extrae del agua y los deja agonizar,
- aplasta entre miles de cuerpos,
- expone a miedo extremo,
- y los condena a una muerte lenta, dolorosa y sin protección legal.

Desde cualquier perspectiva ética, 22 minutos de agonía para un ser capaz de sentir no pueden justificarse como parte de un sistema “normal” de alimentación.
El consumo de peces y pollos está creciendo — y con ello, el sufrimiento
En Suramérica se ha promovido un cambio en los patrones alimentarios: muchas personas están reduciendo su consumo de carne bovina y, en su lugar, optando por pescado y pollo, bajo la idea de que estas opciones son “más saludables”, “más sostenibles” o “más éticas”. Sin embargo, la evidencia del bienestar animal muestra que esta sustitución resulta, en realidad, mucho peor.
Un solo bovino representa una vida. Para obtener la misma cantidad de proteína se requieren miles de peces o decenas de pollos. Esto significa que reemplazar carne de res por pescado o pollo multiplica de forma masiva el número de vidas sacrificadas. Y aunque la industria avícola es problemática en todo el mundo, en Suramérica las condiciones suelen ser aún más duras:
- Ausencia o débil implementación de regulaciones de bienestar animal,
- Hacinamiento extremo, con densidades mayores a las de regiones más reguladas,
- Selección genética agresiva, que produce crecimiento tan rápido que causa dolor óseo, problemas cardiovasculares y sufrimiento constante,
- Altas temperaturas y mala ventilación, agravadas por climas tropicales y falta de inversión en control ambiental,
- Manipulación violenta durante captura y transporte,
- Fallos frecuentes en el aturdimiento previo al sacrificio.

Foto: We Animals.
Es decir, un pollo criado para consumo en Suramérica suele vivir semanas marcadas por sufrimiento intenso y continuo, más severo que en regiones con estándares más estrictos.
En conclusión: los peces sienten dolor, experimentan miedo y sufren intensamente cuando mueren por asfixia. La ciencia ya lo demostró. En este contexto, la situación de Suramérica es mucho peor —pues el sufrimiento de peces y todos los animales explotados en la industria de alimentos suele ser mayor por falta de regulación. En nuestra región este llamado se vuelve urgente.
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